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Crónica de un viaje a la costa colombiana

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El viaje estaba pensado desde mitad de año, pues por tradición pienso que se debe ir una vez al año al mar, y como en septiembre no se había podido, cuando llegó diciembre lo armamos en tres días.
Mi amigo Guillermo es alto, un poco gordito, tiene un cara simpática y una mirada profunda, además gusta de las conversaciones y del buen comer, pero su principal pasión es la fotografía. Desde hace dos años vive en Buenos Aires y estudia las formas de capturar la imagen, en diciembre viene a pasar con su familia y de paso a recorrer un poco más su país. Como algunos conocidos tenían casas en la costa decidimos emprender el viaje hacia allá un lunes y después al llegar ir decidiendo cómo se desenvolvería el viaje.
Como todo se organizó en un instante, terminamos solo los dos en el carro, y como el no es muy buen conductor yo debí hacer todo el recorrido sola, afortunadamente viajamos en mi auto, el cual ya conocía.

Arrancamos el lunes a las tres de la mañana, la ruta escogida era por el Magdalena Medio pasando por Honda, mi hermana se quedaba en Honda así que yo manejé un tramo y ella me ayudó hasta el pueblo de los grandes personajes colombianos del pasado. A las 6 de la mañana llegamos y para coger ánimos desayunamos en la casa “Los Molano” y seguimos a las 8 de la mañana. El viaje fue largo y agotador, la bebida protagonista fue el Peak que nos energetizó hasta Santa Marta, el brazo izquierdo quedó achicharrado por el sol inclemente y mis piernas y brazos entumecidos después de tanto camino.

A las nueve de la noche entramos a la ciudad y buscamos el camino para atravesar la montaña y llegar a la pequeña bahía de Taganga en donde nos esperaba una casa en las faldas de la montaña, era blanca y alta, de tres pisos, en donde el viento es tan fuerte y descontrolado que lo han apodado “La Loca”. Entramos y enseguida nos dispusimos a descansar.

Taganga es un pueblo de 5000 habitantes, tiene diez calles y diez carreras, queda a 2 Kms. de Santa Marta, atrae una increíble cantidad de turismo extranjero por el buceo, la navegación, las playas y la rumba. No puede crecer demasiado por que esta rodeado por montaña desértica, y sus paisajes son tan increíbles como los de un isla de la Micronesia soñada en cualquier película.

Llegó el Martes, despertamos y vimos por la ventana, el cielo estaba despejado, el mar azul profundo y el sol ya se alzaba por encima nuestro. Guille se emocionó se alistó y me animó a salir por el desayuno. Como es tradición en el pueblo, en la última calle contra la playa tiene un puesto una taganguera experta en arepas de huevo y empanadas de pescado fresco, ya la conocíamos desde antes entonces decidimos ir y desayunar el típico plato proveniente de Luruaco, Bolivar.

Ese día estuvimos relajados, conocimos el pueblo y estuvimos en la casa. El miércoles quisimos ir a la playa, coger el sol y pasear por el pequeño pueblo. Por la noche tuvimos el encuentro sorpresivo con una artesana argentina que era amiga de Sabrina, la amiga que nos había prestado la casa. Guille también la conocía de allá, así que la saludamos y como la situación lo ameritaba y Sabri nos la había recomendado decidimos invitarla a quedarse con nosotros, lo cual cuál le dio un vuelco a nuestro viaje. Ese mismo día salimos y dimos un tour por los bares de Taganga que aunque son tres, podría asegurar que este pueblo es el más rumbero de Colombia.
El mirador era un bar situado en un lugar estratégico desde donde se podía ver toda la bahía y donde la luna se sentía tan cerca que en cualquier momento creías que la abrazarías. La música era en general de mala calidad pero definitivamente era el bar mas popular de la zona Nos sorprendió ver el contraste entre los Tagangueros y el turismo que enloquece por la coca, la prostitución y la energía de aquí.
Al final de la noche, una amigo de Sol, la argentina, nos invitó a terminar la noche en su casa. El tal amigo era Casimiro, quien venía de Chicago, era de familia Libanesa y que a sus cortos 21 años se había recorrido medio mundo y ahora trabajaba en Taganga de cocinero, buzo y para estar mas cómodo, de dealer. Era alto, rubio, y tenía unas rastas cortas, aunque a Guille le daba impresión y no le daba mucha confianza, a mí me parecía que tenía algún encanto. Con Casimiro vivía Jasti, un colombiano de padre francés que acababa de llegar de Europa y había decidido permanecer en taganga por lo menos los siguientes 5 años.

Para conclusión nuestra Taganga es un pueblo en donde se puede vivir fácil del día a día, del turismo, de la playa y la naturaleza, en donde terminan personas de los sitios mas lejanos del mundo encantados por su viabilidad y belleza. Y en donde hasta jóvenes pueden tener su casa, su trabajo y hasta empleados sin tener que esforzarse mucho.

Al día siguiente fuimos tarde a Playa Grande que quedaba a la vuelta y estuvimos en la casa. El 31 igualmente estuvimos en la playa y fuimos a Santa Marta por uvas y vino, ,por la tarde fuimos a alistarnos para la noche tan esperada. Sol nos invitó a un asado en la playa pero nosotros preferimos ir a un restaurante que creíamos de cocina mediterránea, llegamos a las nueve y pedimos el plato de la noche, el plato venía con un cóctel pero la mandarina estaba un poco amarga, luego vino un cebiche que apenas lo probamos y luego hubo una larga espera por unos ravioles de espinaca y queso que venían en un caldo sin sabor, antes del siguiente plato decidimos irnos y no comer el resto pues la cena que esperábamos no se acercaba nada a lo que no estaban dando, despreciando la comida de un italiano que no parecía saber nada de cocina nos fuimos a la playa en donde el asado se veía bastante bien. Al asado asistieron chilenos, argentinos e israelitas, pero nosotros no pudimos hacer parte por que lo habíamos rechazado desde el principio.

La noche buena llegó y lo celebramos con las uvas y el vino, además la luna estaba llena y brillaba desde lo alto, la fiesta estaba que estallaba en El Mirador, pero aunque la energía estaba fuerte nosotros no nos habíamos animado del todo. Lastimosamente la luz se fue e la mitad del pueblo, así que el "bar hopping" se acabó cuando llegamos a los otros bares y estaban apagados y con la música baja. El suceso parecía una estrategia de El Mirador al cual no se le fue la luz y el que se llenó hasta mas no poder de todo tipo de visitantes incluyendo putas, travestis y gringas drogadas.
Como hacía frío y fuerte viento a las 5 decidí irme a la casa y por lo tanto Guille vino conmigo, queríamos cambiarnos y bajar pero la pereza nos dejó en la cama hasta el siguiente día.

Al medio día nos levantamos y cogimos ánimos para partir hacia Cartagena, Sol no llegó hasta la una, llegó con su novio, un moreno, vestido de forma elegante y el cual no podía revelar en que trabajaba.

Después de alistarnos, comer y empacar, la despertamos y la subimos al carro con todas sus artesanías y maletas. El viaje lo hicimos directo a Barranquilla, pasamos por ciénaga, un pueblo hecho de palitos y al llegar a la currambera nos desviamos y cogimos la antigua ruta a Cartagena, pasamos por pueblos en donde la ebriedad inundaba la tarde y por otros en donde todos los habitantes eran ancianos y contaban historias de principio de siglo. Uno de ellos nos relató cómo el pueblo se había trasladado desde la montaña hasta donde está ahora y de cómo se había creado la arepa de huevo, pues curiosamente ese era Luruaco.
Al final de la tarde entramos a la ciudad, estaba tranquila, sin congestiones, andamos hasta El Laguito y desempacamos en el edificio en donde Guille tiene un apartamento, cociné un pasta, comimos y descansamos hasta el siguiente día.

Sol trabajó todo el día y sólo salió a vender su trabajo debajo de la Torre del Reloj, y nosotros estuvimos juntos por la ciudad. Esa noche pudimos conocer una historia del personaje que vendía artesanías a su lado, el tipo había sido sicario durante diez años, toda la vida había estado intranquilo, no dormía bien, por eso había cambiado su vida para ahora venderles a los que alguna vez se podían sentir amenazados por su presencia.

A Cartagena llegó Luis Fernando otro amigo, y luego Sabri y Ned. Juntos fuimos al mercado de Bazurto, un sitio donde ningún turista se acerca, un sitio en donde puedes ver la situación de la segunda ciudad mas pobre de Latinoamérica, un sitio en donde almuerzas por 2000 pesos lo mismo que a unas cuadras te cuesta 30.000, un sitio en donde conoces a la verdadera Cartagena.
Caminamos por el mercado, compramos algunas verduras, Guille tomó fotos y conocimos algunos personajes de la zona, en un pequeño cuarto vimos a un vendedor de carbón que estaba tan tiznado que realmente se le podía decir negro e intentamos comprar pescado fresco que al final terminamos olvidando.

En la noches íbamos a la ciudad vieja, estuvimos entre los bares de salsa y algunos restaurantes de la zona, conocimos un pequeño sitio en donde tuvimos un profesional que nos puso excelente música y que hasta nos convidó a una cerveza por la compañía, también estuvimos en un bar gay donde no podías ver a nadie sin que se sintieran celosos y amenazados.

Un día, después de estar en el mar y bajo el sol, decidimos que ya queríamos volver pues Cartagena ya no nos ofrecía mucho más. Decidimos que queríamos viajar al siguiente día. Luego de haber recolectado y vivido algunas historias, nos fuimos en la tarde, esta vez con Luis Fer, quien tampoco tenía el pase para manejar.
De vuelta no encontramos a alguien que caminaba hasta un festival electrónico y Guille insistió en recogerlo, lo subimos y el nos empezó a contar de todo su viaje, de quien era y lo que hacia hasta que ya no queríamos oírlo más. AL llegar nos invitó a algunas cosas y para sorpresa nuestra a los policías también, con los cuales había compartido momentos algunos días anteriores. El estudiaba finanzas aquí en Bogota en el externado, tenía gafas y el sol había quemado ligeramente su piel blanca, era de estatura media y hablaba hasta el cansancio.

Lo dejamos en su fiesta y seguimos rápidamente, pues la noche se acercaba y debíamos llegar hasta Bosconia, a las 10 de la noche llegamos e intentamos buscar un hotel decente donde durmiéramos unas pocas horas. Tuve pesadillas toda la noche y el aire acondicionado se había puesto tan fuerte que nos levantamos con frío, al no poder volver a dormir decidí despertar a los chicos e iniciar de nuevo el viaje, a las 3 de la mañana íbamos hacia Aguachica. Apenas se alzó el alba llegamos al pueblo y desayunamos en el centro, aunque no estuvo muy agradable nos ayudó para continuar. Ellos se durmieron y yo seguí avanzando por la carretera. EL brazo izquierdo sufrió lo mismo que de ida, aunque con un pañuelo busqué cubrirlo. A las 3 de la tarde llegamos a Honda y de nuevo paramos en la casa para darnos un baño, descansar en la piscina y esperar a que el sol bajara.
Los chicos conocieron el pueblo mientras yo dormía, al llegar la noche arrancamos de nuevo y tras unas horas estuvimos de nuevo en la sabana de Bogotá.

Backstage Becoming a Bird

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